El poema hecho carne: visita a la casa de los Panero en Astorga, León

Locura es estar ausente. 

Humo es todo lo que queda.

De mí en la página que no hay. 

Cae al suelo mi figura

y lejos de mi se mueve

el papel de pura

ausencia.

Leopoldo María Panero, “Brillo en la mano”

En una noche entre amigos, copas, cervezas, juegos de azar, alguna absenta, rodeados de fascinación nocturna con toques de desencanto vallisoletano, nos encontramos ambos, un poeta y un obrero, en un bar, recordando cómo nuestra vida de hace ya unos años, se perfilaba y mitificaba envuelta en una poderosa experiencia estética: literatura, farándula, pintura, música… Éramos dos nostálgicos con ganas de producir más futuro propio, rodeados de vitalidad artística bañada en la inspiración del alcoholismo.

Después de un rato de diálogo, fruto de la espontaneidad y falta de dirección de las conversaciones etílicas, o quizá como consecuencia del asombro por el desastre de una de las familias más inverosímiles del panorama artístico nacional, comenzamos a comentar la película El Desencanto (1976, Jaime Chávarri). La efervescencia de la conversación sobre Leopoldo María Panero, sobre su locura ficticia, parodia de la esquizofrenia enmascarada del mundo postmoderno, hizo que al día siguiente, de improviso, y con pocas horas de sueño y la ya habitual resaca de sábado, nos pusiéramos en camino hacia la ciudad de Astorga.

El desencanto

Fotograma de la película “El desencanto”. De izquierda a derecha, Juan Luis Panero, Felicidad Blanc y Michi Panero.

Condujimos durante cerca de más de dos horas, admirando de nuevo los extensos parajes castellanos, infinitos prados, aún tímidamente verdes, hostales, camioneros portugueses, puticlubs, mientras el casete nos brindaba el sonido Quijano, desde los primeros boleros hasta sus últimas canalladas.

Llegamos a la ciudad de los Panero, entrada ya una tarde templada cuyo color dorado rojizo se reflejaba sobre las piedras y el mármol de su impresionante catedral. Entramos por sus murallas romanas, primer vestigio de la ancianidad de la ciudad, y visitamos el palacio que Gaudí diseñó, el cual confunde la mirada del visitante, creyendo que se trata de una de tantas construcciones medievales. Parece que en la ciudad ya olvidaron la historia o antihistoria de la familia Panero: ningún monumento, ninguna indicación, la obscuridad y el desconsuelo se ha adueñado del par de poetas Panero, del espectáculo Michi y la dulzura de la triste Felicidad Blanc. Preguntamos en una oficina de información turística, donde se admiraron por nuestro raro interés, y nos indicaron la calle a la que da nombre el padre, Leopoldo Panero, antigua calle de la Judería. Introduciéndonos en la calle al fin un cartel nos informó de que estábamos  ante nuestro particular centro de peregrinación.

Ilusionados, creímos que podía ser visitada; lo cierto es que hacía poco tiempo acababa de ser restaurada, pero no era accesible al público. Era un lugar extrañamente encantador: una casona aristocrática, con grandes y lujosos ventanales de madera, pequeñas palmeras, las paredes encaladas y muy limpias, esplendor… parecía que aquella casa no quería dejar ni un solo recuerdo de su pasado gris, de su historia entre poemas y desencanto, de unos habitantes sumidos en la desesperación y la angustia por el mal del alcohol y la locura, por la decadencia económica y los recuerdos de una infancia que ya vislumbraba los desórdenes psicodélicos de vidas sin timón y en el delirio.

Leopoldo María

Leopoldo María siendo muy joven. Imagen extraída de la película “El Desencanto”

Las sensaciones fueron encontradas: emoción, admiración y sospecha ante un lugar que pretendía olvidarse de su propia historia. Allá, al fondo a la izquierda, la escultura del padre de familia, con su extraña sonrisa, parecía burlarse del visitante confuso. Las rejas de la puerta principal nos impidieron la entrada, y llenos de ira, dejamos la casa. Adentrándonos por la calle, estrecha y gris, nos dimos cuenta que justo pegando con la casa, con las tapias de ese patio blanco y verde, se encontraba un colegio de monjas de la Virgen de La Milagrosa, curiosa paradoja… ¿Estaría ya en los tiempos de los jóvenes Panero? ¿qué escarceos amorosos, trifulcas y sacrilegios habrían protagonizado entre sus aulas? 

Y de esa manera el poema se hizo carne y habitó entre nosotros. Entre esas cuatro paredes de la solitaria ciudad de Astorga. Ahí vivió la familia de poetas más importante de las décadas pasadas en España, y sobre todo Leopoldo María, cuyos poemas si se leen despacio, transmiten la sensación del viento rompiendo en los maizales y campos de espigas, la locura y el misterio que impregnan las paredes de su casa, la estepa castellana en su profundidad más fría, sirviendo de metáfora para construir un mundo único de desolación y ruido.

Escrito por: 

Alberto Martín Gallego, nacido en 1992 en la ciudad de Valladolid, es un amante de la literatura, en especial de su creación, ya que desde muy temprana edad disfruta de sus complacientes exigencias. Estudiante de Filosofía. Su primer poemario titulado “Martin Dellaire” sale a la luz en el año 2011. Ahora está escribiendo “Emoduques en la Contrariedad”, que junto a su reciente obra, “Eromaquia”, dará lugar a su siguiente poemario, “Idola Lovo”. También ha escrito ensayos filosóficos como “La Revolución de los Sentimientos Racionales.” 

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