Crepúsculo absurdo

Esta noche, como cualquier otra

las estrellas se suicidan lanzándose desde el cielo,

porque todas las ciudades las ignoran

como si nunca hubieran existido,

de tal forma que sólo queda un brillante planeta

al que algún patético llamó amor, o Venus

que no es más que un gigantesco veneno verde

que se pudre en el firmamento.

Y los muertos nunca se quejan tres veces desde sus tumbas

aunque el frio se los trague hasta los huesos,

aunque los gusanos devoren los dedos de sus pies.

Pero ¿quién soy yo para dudar de la existencia?

Repito: ¿quién soy yo para cuestionar mi existencia?

Si los que fueron ángeles se pasean por la calle quemando orfanatos

(con todos los niños dentro)

si los que saben beben vodka hasta las tres de la madrugada,

y cuando la botella se les resbala de entre sus fríos dedos

y se les cae la baba sobre sus mejillas,

ya no pueden pronunciar ni una palabra.

Ni una sóla palabra.

Porque aunque por la mañana me despierte el Sol,

(amarillo enorme brillante, dios)

por la noche los perros me dormirán a mordiscos.

AITOR PARRA

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