Madrid se estremece como un animalito (Fragmento de “THC”)

[Hoy os quiero enseñar un fragmento de la novela que llevo un año y medio haciendo y que espero pronto acabar, en supongo, seis meses más o menos. Como bien sabéis los que me seguís, se titulará “THC”. En este fragmento, a falta de alguna revisión más, aparecen varios de sus personajes principales, como el Cherokkee, Frank o Ls. Madrid. Un fin de semana. El inicio de mi tragedia póstuma. Como bien sabéis, el argumento de mi novela se centra en la juventud y sus alternativas, problemas, pensamientos y sueños. Los jóvenes desesperados y artistas. Con cierta mirada crítica y alucinada. Algo así como aquella película, “Réquiem Por Un Sueño” desde un punto de vista personal, una Odisea post-moderna, un disco de R&R, un Bolaño como influencia saliendo de las páginas, esas son mis pretensiones y objetivos en la novela. Este fragmento pertenecerá al inicio de la misma. Espero que os guste. (Enrique Zamorano)]

a

Entonces, Su Rubia pudo pasar bien inadvertida entre la multitud. Solo quizás el Cherokkee podría tener una nueva oportunidad de hablar con ella o por lo menos verla, que era lo primero que su mente más deseaba, al fin de cada concierto, cuando encendían las luces y la gente comenzaba a desfilar a la puerta para tomar el aire. Pero aún así, Su Rubia no volvió a aparecer a la vista.

            “Es como si cerraras los ojos y aún la vieras. La primera vez que la vi sentí una especie de vértigo, como si hubiera comido demasiado, como si hubiera fumado demasiado, como si hubiera caminado demasiado… como si hubiera vivido demasiado. Su mirada era una especie de agujero y yo caía dentro. Por eso el vértigo. Por eso el buscar un alivio diciéndoselo. Porque si no le decía nada, no iba a vivir tranquilo el resto de mi vida, o eso pensé en ese momento, cuando me dirigí hacia ella y la saludé. Entonces temblé y poco sucedió más: me enamoré perdidamente”– Cherokkee recordaba todas esas frases de gente a la que supuestamente le había sucedido lo mismo que a él, llámenlo amor a primera vista o ilusión narcotizada del sexo. Pensando en ello como método de consolación, así, apoyado en el banco de la calle, suspirando en silencio.

            Frank apareció en escena con un tipo que respondía al nombre pseudo-artístico de Ls. Rocker madrileño consumidor de hachís, consiguió hacer buenas migas con el Cherokkee y su pandilla vallisoletana al empezar a hablar de música. Tenía ojeras (posiblemente de no dormir) y el pelo cardado a lo Richards. Un aro taladraba su oreja izquierda. Botas que según les explicó, cogió prestadas a su madre. Pantalones de campana a la moda setentera y una camiseta sin mangas de Bowie. Todo un boss. Gafas de sol cuando la noche de Madrid era más profunda que el agujero del coño de una mujer gorda.

            Madrid,

            se estremece como un animalito.

            Ls, que parecía haber sacado su apodo o nombre de una canción que posiblemente alguna vez se hubieran dejado en la recámara la Velvet Underground, recitaba versos muertos de Eduardo Haro Ibars, esnifaba de vez en cuando tabaco y tenía el dedo gordo de la uña de la mano derecha pintada de un color rosáceo. Recitaba y cantaba, además, versos de un Tom Waits ebrio, tales como este:

            “Si fuera un tipo legal y quisiera pedirte matrimonio te ofrecería el agujero del culo de una rata como alianza”,

            frase que hizo a todos los chicos venidos de Valladolid derivar en la risa aguda. Qué tipo tan majo. Sus conversaciones fueron derivando en una ola de artistas, vidas y guitarras. Tan bien se cayeron que Ls les presentó a sus amigos, y Cherokkee y los suyos estaban contentos de haber encontrado una especie de versión pandillera suya en Madrid. Tan bien se cayeron que en cuanto el concierto llegó a su fin, no dudaron en coger los coches e ir por la carretera a las siete de la mañana, mientras amanecía. El peligro no tenía cabida en su abecedario. Intrépidos como los héroes griegos, una auténtica Odisea moderna de los más sagaces, mirad a los héroes como cogen la M-50 con los faros apagados, arrojando latas y botellas de cristal de cerveza barata llenas, semillenas o vacías ya, que Ls guardaba en el maletero. Escuchando ACDC. Degustando la última pastilla de Eme que les quedaba.

            Así es como llegaron al madrileño poblado de Tres Piedras, donde Ls disponía de un techo para albergar a todos sus nuevos amigos.

            8:00 a.m., con el amanecer pisando los talones, Ls y sus nuevos amigos salieron de un Renault Clio viejo al frío del rocío madrileño. Nada más llegar a casa de Ls encendieron los discman´s y tocadiscos y escucharon grandes discos de la época del mejor garage español, Ls les enseñó su bonita Telecaster de color de piel de guepardo, “tigre del rock´n´roll” lo llamaron desde entonces por el mástil donde practicaba acordes y ritmos.

            “Me gusta ser una zorra, me gusta ser una zorra, me gusta ser una zorra, eh, oh, ah, ah, ay ay ay ay ay cabrón!”,

gritaban las Vulpes en el tocadiscos…

            Apurando el último Lucky Strike, quedaron todos dormidos en el sofá o en el suelo, mientras sonaba Tangerine Dream y flipaban en nubes de colores amablemente brillantes, cariñosas y transparentes.

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