Esclavos de ciudad

NOELIA TORIBIO

La noche expira disolviéndose en el viejo humo que viste el cielo de la ciudad. Sin embargo, aún no ha desaparecido la última pincelada de oscuridad cuando mi despertador resuena en mis oídos insistentemente, igual que una máquina del infierno: ¡riiiiiing! ¡riiiiiing! ¡riiiiiing…! Un pequeño pájaro que aún tiene el valor de vivir entre el humo urbano huye despavorido desde el alfeizar de mi ventana. El revoleteo de sus alas suena a libertad lejana.

Todavía medio dormida, apago la máquina del infierno y me acurruco entre las sábanas para percibir su calor y su suavidad. Me siento como un polluelo en su nido, con la calma reposando en cada una de sus plumas. Y así me quedo un minuto, dos, tres, cuatro, cinco… Hasta se me ocurre abrir los ojos para ver como corren las vertiginosas agujas de mi reloj. ¡Mierda! Llego tarde.

La tranquilidad se escurre como el agua entre las manos, las prisas me aprisionan y me convierten en una máquina de movimientos rápidos. Hago que mis sábanas echen a volar y me incorporo tan veloz como un águila. Me dirijo al cuarto de baño para asearme y hacer mis necesidades. Después, corro hacia mi habitación y me visto en menos de veinte segundos sin mirar apenas lo que me pongo. Luego cojo mi carpeta, mi bolso, las llaves y salgo apresuradamente por la puerta de casa con un bollo de leche entre los dientes que engullo sin saborear antes de que llegue el ascensor. Subo, doy al cero, espero impaciente, bajo y salgo por el portal. Todo es mecánico.

El frescor de la mañana me pule la piel del rostro mientras corro hacia la parada del autobús, pero apenas soy consciente de ello, no me da tiempo a ser consciente de ello. No sé si el día es frío o cálido, no sé si llueve o arde el sol. Todo es imperceptible bajo el estrés y la contaminación que nublan mi vista. Al final consigo coger el autobús, incluso el caprichoso tiempo me concede el lujo de esperar en la cola. Tomo aire mientras escucho el continuado pitido de las tarjetas de autobús que se abrasan en la máquina como si estuvieran en un microondas. No me entusiasma demasiado coger el autobús, pero reconozco que el tiempo que paso en él es el que más dedico a mí misma en todo el día. Llega mi turno, introduzco mi tarjeta en el microondas y saludo al conductor sin ni tan siquiera mirarle, su contestación es apenas un gruñido, pero no le presto atención. De hecho, si al volante hubiera estado un perro ni siquiera me habría dado cuenta. Seguro que cualquier día un autobús sufrirá un fatídico accidente porque sus pasajeros no se fijaron en que el conductor había sido sustituido por un animal.

Mi cabeza da vueltas mientras me sumerjo en la grisácea marea de humanos robotizados. Esto parece la cámara de gas de un campo de concentración nazi, tranquilamente podrían asesinarnos a todos sin que no nos diéramos ni cuenta. Un hombre trajeado y con el pelo engominado me obsequia con un tremendo pisotón, retengo una exclamación ahogada mientras me fijo en él, pero lejos de pedir una disculpa ni si quiera me dirige una mirada. Después de todo, las máquinas no tienen sentimientos… Las máquinas no tienen sentimientos. En todos los madrugadores que viajan en las entrañas de este gusano de metal se aprecian las arrugas que el estrés y la falta de tiempo dibuja en sus rostros: hombres con maletines, mujeres con tacones, estudiantes con sus móviles, niños con sus pesadas mochilas…Todos tienen el rostro color ceniza, todos están contaminados por los humos de la ciudad, todos son iguales. De repente, me siento incómoda y atrapada en una cárcel en forma de espiral que está hecha con esclavos de la sociedad.

A duras penas consigo hacerme un hueco frente a la ventana para observar algo que no sean esas aterradoras máquinas robotizadas con pinta de humanos.  Desde el sucio ventanal observo el escaparate de la sociedad, una película de terror donde todos corren como ovejas. Entonces pienso que podría preguntarme qué es lo que quiero hacer hoy, pero de qué me serviría… El mundo ha programado nuestras vidas segundo a segundo, me siento como Charles Chaplin en “Tiempos Modernos”. El autobús prosigue su trayecto a través del puente. Desde allí puedo ver la rosaleda, una colorida y preciosa estampa que se rebela contra el gris plomizo de la ciudad. Un verso de Walt Whitman fluye a través de mis recuerdos como un grito: “Coged las rosas mientras podáis…”, pero ni siquiera nos dejan tiempo para apreciar su aroma. Los monstruos que organizan nuestro tiempo nos atan las manos y nos vendan los ojos con pañuelos invisibles, dejándonos apenas la posibilidad de soñar con las rosas.

¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi-pi! Me sobresalto. La alarma de mi reloj interrumpe mis profundos pensamientos avisándome de que ya debería estar entrando en la Facultad, y eso que aún tengo que pasar por la biblioteca. Los músculos de mi cuerpo se tensan, el estrés colapsa toda comunicación con mi ser racional, me preparo para convertirme de nuevo en máquina. Las puertas de acceso de mi mente se cierran a todo pensamiento porque a mis electrónicas neuronas ya solo les importa el programa de mis obligaciones de hoy.

El autobús llega a mi parada, navego entre los caras grises, bajo y echo a correr hacia la biblioteca deslizándome por la interminable espiral la sociedad. Todos mis movimientos vuelven a ser mecánicos. Me ahogo en la contaminación urbana y corro veloz por las calles como un ratón de laboratorio por un laberinto. Pero de repente me detengo en seco aferrándome fuertemente al eco de un débil pensamiento que mis obligaciones no han podido censurar. Observo paralizada como todo el mundo corre a mi alrededor de un lado para a otro con el gesto estresado y taciturno. Entonces, mi mente rescata otro significativo verso escrito por Dámaso Alonso: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…”

Una risa de incredulidad escapa sin querer de mi boca. Me desato las manos y me quito la venda invisible de mis ojos para dar media vuelta y comenzar a caminar más lenta y tranquilamente de lo que nunca antes lo había hecho mientras los esclavos de la ciudad siguen corriendo pendientes del reloj. Creo que hoy me acercaré hasta la rosaleda para disfrutar del colorido de sus flores.

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