El encuentro (Parte I)

AITOR PARRA 

Era una mañana fría y tenía resaca. La noche anterior me había fumado 3 paquetes de tabaco negro y me había bebido como 8 litros de cerveza. Mi cabeza era una caja de madera con canicas rodando, la garganta la tenía reseca y dolorida por culpa de los cigarrillos. Me levanté a las 7 y media de la mañana para beber un trago de agua en el baño, me miré en el espejo y confirmé que seguía siendo el mismo gilipollas con resaca de siempre. Volví a la cama y dejé de pensar en ello << qué el mundo siga con su jueguecito inútil >>.

6 horas después fue momento de despertarse y comer algo. Me levanté de la cama, me tropecé un par de veces con las sábanas que estaban tiradas por el suelo y subí la persiana.

–         ¡Joder! ¡No me lo puedo creer!

La calle era un puto caos de gente corriendo de un lado a otro con televisores de plasma, ordenadores portátiles y más trastos caros por el estilo. Parecía que el origen y el destino de toda aquella gente era el centro comercial que había unos metros más arriba de mi casa. Cristales rotos por todas partes, escaparates en llamas, gente tirada en el césped mirando al cielo y bebiendo a morro de botellas de whisky o de vodka. Los yonkis del pueblo ya no se escondían en el parque. Ahora podías verlos desde la ventana de tu casa bebiendo y fumando porros en la plaza del ayuntamiento. También había una mujer gorda gateando desnuda y ladrando en la calle con sus dos hijos. Sus tetas se balanceaban de adelante a atrás sin ningún tipo de pudor. Cualquiera diría que llevaba toda la vida saliendo a la calle de esa manera.

Entonces mi cabeza era como un plomo hundiéndose en un charco de ranas << ¿Así que ya ha sucedido? Por fin han tirado la bomba. La civilización se va al carajo, la gente lo ha entendido y por fin todos estamos desesperados por vivir. >> No compartía el empeño ese de robar hipermercados, yo me hubiera limitado a prender fuego a todo el edificio. Al fin y al cabo ¿Quién coño iba a pasar las últimas horas de su vida en el sofá viendo la tele? No tenía sentido; a un lado la desesperación por vivir del que sabe que va a morir pronto pero por el otro gente con visos al futuro suficientes como para molestarse en amontonar trastos en su casa. Inexplicable.

Puse a Mozart a todo volumen en mi ordenador y me encendí otro cigarrillo. << Dios, esto es maravilloso, la primera vez en mi vida que veo a mi alrededor algo aparte de rutina y muerte. >> Regurgité un poco de sangre en el suelo, pero no le di ninguna importancia. Algo mucho más gordo estaba pasando.

Me asomé por la ventana y vi a una señora cincuentona que bajaba por la cuesta con un carrito de la compra lleno de latas de conserva ¿para una guerra, quizás?

–         ¡Oiga! ¿Qué demonios pasa aquí?

–         ¡Han venido los extraterrestres! ¡Estamos perdidos!

–         ¿Qué…?

Entonces la señora echó a correr medio llorando por la cuesta arrastrando su carrito ¿extraterrestres? ¡Eso era lo último que me hubiera imaginado! Me senté en el escritorio inmediatamente y me puse a buscar en internet alguna explicación a lo que estaba sucediendo.

Resulta que mientras yo estaba durmiendo la mona, Pekín había desaparecido de la Tierra como si nunca hubiera estado allí. En su lugar ahora crecían árboles inexplicablemente rápido y sólo los gatos y las ratas habían sobrevivido. Pensé que era una broma. Vaya ocurrencia. Sólo unos minutos antes de que me despertara había caído San Francisco. La misma historia, una nave alienígena enorme se había colocado encima de la ciudad y había proyectado un haz de luz enorme sobre ella. Cuando la luz se desvaneció ya no estaban allí ni la nave ni la ciudad. Sólo los animales seguían vivos ¿cómo sabía el rayo a quien tenía que llevarse y a quién no? Eso explicaba lo de la mujer desnuda en la calle y a cuatro patas.

Muy bien ¿y ahora qué? Podrías salir a la calle y unirte a la turba antes de que un armatoste gigante de otro planeta desintegre tu ciudad, o podrías beber más cerveza en casa hasta que la muerte nos aplaste a todos. Me decidí por hacer las dos cosas.

Aquella tarde me lo pasé de puta madre. Subí corriendo la cuesta que llevaba al centro comercial y lo que me encontré fue la ostia. Imagínatelo: Aquel lugar que siempre viste pulcro y limpio ahora está lleno de polvo y tierra, de cristales, de colillas, de latas por todas partes ¿y los de seguridad? En casa, claro ¿quién sería tan estúpido? Ni la policía salió de casa aquella mañana, eso seguro. Ni el puto presidente de los EE.UU dio una rueda de prensa, no. El señor presidente se quedó en casa desnudo y bebiendo ginebra. Follándose a su secretaria. Lo que sea.

Lo del centro comercial fue divertido. Fui a la sección de deportes y agarré las pesas más gordas que pude abarcar con un carro. Luego me di un paseo por todos los pasillos y me dediqué a tirarlas contra todas las estanterías que vi.

Justo después de lanzar un peso de 10 kilos contra un refrigerador de bebidas, un chaval a mi lado con un palo nos dio a todos la gran noticia a voces.

–         ¡Madrid ha caído! ¡Madrid ha caído!

Yo tenía amigos en Madrid. Gente buena. Una parte de mi deseaba que hubieran tenido la inteligencia de alejarse de la capital. Por otra parte me importaba una mierda. Pronto todos estaríamos muertos. Se respiraba en el ambiente. La gente estaba eufórica y desesperada. La que salía de casa, claro. Igual crees que había peleas por todas partes o algo por el estilo. Salvo dos o tres casos no vi ninguna. Quiero decir, si todos vamos a morir ¿para qué? ¿Qué te puede cabrear tanto como para arriesgar tus últimas horas de vida? ¿Qué te puede cabrear cuando estas a punto de morir con todos los que te rodean? Nadie quiere sobrevivir cuando se da cuenta de que no va a quedar nadie más. La muerte colectiva es más fácil, es el amor.

Cuando me fui del centro comercial a eso de las 9 de la tarde, después de beberme con un par de ancianos toda la cerveza que quedaba en el hipermercado, pude enterarme a duras penas de que muchas más ciudades habían caído: Tokio, Barcelona, Estambul, Nueva York, Washington, Berlín, París y otras ciudades menos conocidas. La lista era interminable.

En la plaza y por todas partes había gente bebiendo. Fumando. Un chaval me dijo que un narco había traído un camión de heroína para que todos nos lo pasáramos chachi ¿Qué se sentiría?

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