Donde la noche me sabe a los inviernos en octubre

IRENE DEWITT

la foto

 

Las estaciones me gravitan la palma,

el polvo,

el recuerdo de la inmensidad perdida,

el ópalo ciego y desarmado,

la mirada ausente,

el instante preciso que,

soñado, se desvanece,

el vuelo impertérrito de un pájaro

que en mis manos muere.

 

 

Las estaciones me gravitan la palma,

el polvo,

la memoria indefinida,

la vista cansada y el cuerpo latente,

el mar contaminado, el verde que escuece,

el árbol perdido,

la arena que a nácar no huele.

 

 

La lluvia que llora vencida

al paso de los dioses inertes.

Una paloma sumida

en un conflicto de humanidad

pendiente,

como cuando los versos duelen

donde ya no hay herida.

 

 

Las estaciones me gravitan la palma,

el polvo,

los vientos huracanados y las mañanas en otoño,

las raíces quebradas,

los días encendidos de las mentes agotadas,

las hojas vendidas,

la pobreza invadida en un mundo acabado.

 

 

Me gravitan la palma,

y el polvo,

un despertar de sueños rotos,

un monte perdido, un náufrago

de mente obsoleta,

una violeta

que grita, en el umbral de los oídos sordos.

 

 

Me gravitan la palma y el polvo…

y un domingo dormido.

Un llanto de socorro que amanece sin sentido,

consentido,

en un bagar decadente.

Y todo me gravita y se me muere,

o me escuece y me palpita

fuerte,

porque al mirarte sé

que ya no te tengo en frente.

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