La cerveza amarga

NOELIA TORIBIO

Publicado en Un Mundo para Soñar

 

Basado en un hombre que bebía una cerveza

 

 

El calor me hace sudar aunque esté a la sombra, sentado en cualquier terraza de cualquier triste bar del centro de la ciudad. La mesa que he escogido es pequeña, cuadrada y metálica, acompañada por dos sillas enfrentadas. La mitad de la mesa y la silla donde yo me encuentro están en la penumbra. La otra mitad de la mesa y la otra silla brillan al sol con un ardiente resplandor de plata. No ha sido una elección muy adecuada, pero no he tenido más remedio que conformarme con una mesa de dos sillas aunque no tenga acompañante, como todos los días, como en todos los bares, aunque busque nunca encuentro una mesa apropiada para mí, una mesa con una silla.

 

 

 

La camarera aparece a mi espalda con la cerveza que he pedido y un cuenco de patatas fritas. Lo deja todo en la mitad en sombra de la mesa y vuelve a entrar en el bar. La espuma se desborda por la jarra y las burbujas de gas bailan en la oscura bebida haciéndola apetecible. La cojo sintiendo el grato contraste entre la fría jarra y mis manos calientes. El primer sorbo también es ligeramente agradable, pero luego la jarra y mis manos adquieren la misma temperatura y mi paladar se acostumbra hasta saborear con indiferencia una cerveza amarga, demasiado amarga.

 

 

 

El sol alcanza su cenit de medio día y el calor aumenta. Los transeúntes van de un lado para otro buscando los rincones con sombra y el asfalto de la carretera quema como una brasa al rojo vivo. La silla de enfrente me mira vacía mientras como patatas en silencio. La cerveza ya está más caliente que fresca, ni siquiera me gusta. Sabe agria, áspera y ácida como la soledad. En un breve vistazo, observó las dos cervezas que reposan en la mesa de al lado, una mesa con dos sillas ocupadas. Son más claras que la mía y también parecen frescas y sabrosas aunque haga calor, porque los que las sostienen beben con avidez entre su conversación y sus carcajadas. Miro al frente con un suspiro y me topo de nuevo con la silla vacía y mi cerveza caliente. La silla parece reírse de mí mientras me mira y la asquerosa y oscura cerveza me recuerda toda la esencia de mi amargura.

 

 

 

No lo soporto más. Pido la cuenta a la camarera en cuanto tengo la oportunidad, pago y me levanto abandonando esa maldita terraza. Mañana, al mediodía, volveré a buscar una mesa con una sola silla y me beberé otra cerveza amarga.

 

 

 

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