El encuentro (Parte II)

AITOR PARRA

*La primera parte clicando aquí

Cuando llegué a la plaza me clavé la primera jeringuilla que me ofrecieron. Aquella noche hubo muchos muertos de sobredosis. Peleas. Las cosas se estaban desmadrando mucho, yo casi no veía por donde pisaba. Me pareció ver sangre. Gente muerta o dormida por igual, todos tirados de la misma manera en el suelo. Después del subidón orgásmico de las dos primeras horas empecé a tener sueño. La boca muy seca. Decidí volver a casa a dormir pero ¡ah! La puerta estaba destrozada a golpes y yo pasaba de dormir en una casa sin puerta. Volví a la plaza, me tiré en el césped y pasé el colocón dormido y sin novedad. Ya sé que parece una locura que me sintiera más tranquilo en la calle pero coño, es lógico ¿no? En mi casa estoy sólo e indefenso. En la calle estoy rodeado de gente e indefenso. No esperaba despertarme al día siguiente, pensaba que Valladolid y los pueblos circundantes como el mío no tardarían mucho en caer.

Muchas personas habían reaccionado a la sistemática aniquilación de ciudades emigrando a los pueblos. Pues bien, resulta que los alienígenas eliminaron a los pueblos 100 veces más rápido que a las ciudades. Simplemente no era tan llamativo, cuando vives en el culo del mundo nadie lo echa de menos si desaparece.

Me desperté al día siguiente a las 3 y media de la tarde más o menos. Estaba rodeado de cadáveres tío, como te lo cuento. Había sangre, vómito, meados, por todas partes. Había gente apuñalada, chicas sin pantalones y con las bragas en los tobillos, personas como yo a las que les habían destrozado la cara a puñetazos. Efectos secundarios de la droga y la desesperación. Aquella noche había habido de todo, y no sólo aquí, en todas partes. Es curioso, cuando todos íbamos a morir los que aparecieron para amenizar nuestras últimas horas de vida fueron los camellos de barrio y las traficantes internacionales. Mandaron a su gente por todo el país a vender cocaína, heroína, éxtasis, cristal, LSD. Su lección final, supongo. Me lo había pasado de puta madre, aunque no lo recuerdo. Supongo que no follé, pero no me importó demasiado.

Para lo que había sido la noche el pueblo estaba demasiado silencioso. Cuando volví a mi casa no había nadie, sólo colillas y botellas y cristales por todas partes. Se habían meado en todas las paredes de mi casa. No había corridas ni condones por ninguna parte, pero no porque allí no hubiera habido sexo, mi cama estaba completamente desecha y olía a sexo que tiraba para atrás. La cuestión es ¿a quién le preocupa quedarse embarazada cuando el mundo se va a acabar? Ese fue, quiero pensar, el motivo de que no encontrara otras pruebas de que habían follado en mi casa. Pero seguramente se habían dedicado a coger chicas drogadas de la calle y a violarlas en mi casa. En la pared de mi cuarto y en el colchón había pequeñas salpicaduras de sangre y en el suelo encontré un mechón de pelo largo y negro. Al menos, si eso fue lo que pasó, tuvieron la decencia de no dejarme ningún cadáver.

Qué cacho de mierda puede ser el ser humano a punto de morir.

¿Qué más podía hacer? Pronto llegaría mi hora. Me senté en el sofá y puse la tele. En todos los canales la misma emisión. El presidente del gobierno había reaparecido en rueda de prensa extraordinaria con la cara ojerosa y un ceceo en el habla.

–         ¡Señor presidente! ¿Es verdad que el exterminio de los alienígenas ha terminado?

Un frio de muerte me recorrió el cuerpo. Un vértigo insoportable en el corazón, ganas de potar.

–         Como ya han comunicado todos los líderes mundiales que siguen vivos, el exterminio alienígena ha cesado sin que se conozcan los motivos.

Apagué la tele.

Cuesta adaptarse de nuevo. Los policías volvieron a la comisaría, los alcaldes volvieron a los ayuntamientos, los yonkis volvieron a los parques, los borrachos a los bares y todo el mundo volvió a ser terriblemente aburrido. Ojala nos hubieran matado como a los demás. Tuve que enfrentar el hecho de que muchos amigos y conocidos de otras ciudades habían muerto, o algo peor. Uno se suicidó tirándose desde el tejado de su casa, otro violó a tres mujeres y fue de cabeza a la cárcel. Otra amiga acabó embarazada sin saber de quién.

La población mundial pasó de siete mil millones de personas a poco más de cuatrocientos millones en un día ¿volverán? No lo sé. Quizás nos mate otra cosa. Será mejor que vuelvan esos cabrones, ellos supieron hacerlo de una manera mucho más limpia de la que nosotros jamás hubiéramos podido. 

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