El precio también arde y bajo sus cenizas queda la fiesta del uso

DANIEL RODRÍGUEZ

Una buena mañana el Hombre Orquesta se levantó de entre sus andrajos y con potente voz se puso a aullar y espantar a las palomas picoteadoras que se habían apelotonado junto a la bolsa llena de curruscos mohosos que constituían su desayuno. No obstante, condescendió y aplastó un pedacito que esparció a su lado para deleite de aquellas astutas ratas aéreas. Al fin y al cabo otras veces serían ellas las que le ayudarían a él. Después de comer se levantó de los sencillos cartones que habían protegido a alguna televisión de plasma y se dirigió al río resplandeciente al que se asomaban árboles constipados sobre al metal líquido que fluía lánguidamente, solo perturbado por los bruscos saltos de los barbos madrugadores.

¿Pero quién era él? ¿Qué clase de Hombre es el que se levanta delante de un río y se dispone a comer pan húmedo, canturreando versos sin sentido y que se ajusta un embudo como sombrero mientras se carcajea con tonos profundos? ¿Quién puede hacer gala de una ostentación tal de surrealismo, vida plena, derroche intuitivo de etilismo combinado con elitismo sardónico? Él, por supuesto, era el Hombre Orquesta. Para aquellos que no lo conozcan, o que solamente hayan oído su nombre mencionado de pasada en apresuradas conversaciones en los intrincados pasillos y ascensores de los Edificios de la Administración Burocrática, decir que es un habitual de las tertulias en las tardes con vino al sol, y que es muy fácilmente reconocible por su gran envergadura y por sus ropas cubiertas de clips y abalorios de lo más variopinto que tintinean constantemente. Además, y cómo bien sabemos los que le hemos visto, es frecuente encontrarlo apaleado, torturado e insultado por todo tipo de seres de mirada vidriosa, arrastrándose por el suelo junto a la Bandera de Carne. En ocasiones llega a colarse entre los renglones de los relatos que escriben las gentes de baba colgante y asomado a la abstracta galería de la literatura universal recita versos, o bien toca con estruendo su música de saxofonista improvisado. Pero estos no son más que unos brevísimos apuntes biográficos que únicamente pueden calificarse de escasos, porque apenas consiguen reflejar un porcentaje nimio de la ingente y casi inconcebible personalidad de nuestro Hombre Orquesta. Solamente añadir, para completar de alguna manera impactante que, en un alarde de imitación a Fidel Castro, su sangrienta muerte se ha anunciado varias veces pero luego siempre ha aparecido tan tranquilo por ahí, quién sabe si resucitado, pero como nuevo, caminándose las sucias calles del Reino.

Aquella mañanita el Hombre Orquesta, sin ningún motivo aparente, se acercó a la orilla y tocó el agua que llegaba fría y revuelta por las otoñales lluvias. Se estremeció y una lágrima recorrió su rostro. Se quedó allí parado durante varias horas, hasta el mediodía. Durante aquel tiempo compuso un poema, lo decoró con trazos bellamente elegidos; llamó a su nuevo perro, una fea criatura coja y bobalicona y se encendió un cigarro enorme, marrón, húmedo y muy aromático. Miró de nuevo el poema recién terminado, acarició al perro entre las orejas; tragó lentamente algo de humo y arrimó la punta del cigarro hasta el folio sucio donde había estado escribiendo y esperó hasta que brotó una llama verde en él. Después se encogió de hombros, pensando para sí que el poema de la mañana ya no servía para la tarde. “El único valor del arte es su realización”, o eso decían los libros que había leído en su juventud; así pues hacía bien mientras observaba cómo ardía el papel junto a la idea de varios templos que se calcinaban en el mismo momento en otro lugar del mundo. Probablemente, cuando esto se comprendiera de manera genérica, años más tarde, se dejaría entrar a la hiedra en los museos junto a la basura y sobre todo se dejaría hacer acto de presencia al paso del tiempo. Nadie volvería a contemplar el arte, sino que todo el mundo se dedicaría a realizarlo aprovechando los restos de las iglesias góticas para construir nuevas viviendas, añadiendo bigotes a las presuntuosas madonas o dibujando falos sobre las Venus recién traída por un San Cristobalón hecho Céfiro. Se plagiarán las viejas e intocables tragedias griegas a gusto del santo profanador y los bustos de los Césares orlarán las barras de las tabernas. También se pintarán con gran realismo las esculturas neoclásicas empleando para ello sprays de varios colores; las armaduras medievales serán attrezzo para las representaciones teatrales que estarán obligados a representar los antiguos socios mayoritarios de ciertas compañías de responsabilidad social limitada. ¡Y, por si no fuera poco, se recortarán las siluetas de las Gracias y se restaurarán en murales populares de las guarderías en posiciones mucho más comprometidas! ¡Las obras de Duchamp y Piero Manzoni serán inmediatamente destruidas! Habrá que ser así de tajantes porque nosotros, en nuestro descubrimiento del verdadero “valor” del arte, tendremos que realizarlo consecuentemente. ¿Y qué hacer si no con viejo váter y unas viejas latas rebosantes de humus divinizado y metafísico…?

Borracho como una cuba, a pesar del perrillo aterido que curioseaba a su lado diciendo guau guau junto a sus oídos, el gigantesco Hombre Orquesta se quedó adormilado bajo el sol de la tarde mientras jugueteaba con semejantes planes demenciales y su cuerpo se iba cubriendo con las hojas de los alisos de la rivera.

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