Prueba de conducción

AITOR PARRA

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Los exámenes teóricos de tráfico no son nada terribles, pero aceptan pocos fallos. En mi caso no había conseguido aprobarlo hasta la tercera, todo por culpa de mi afición a hacer el vago todas las tardes. Aquella mañana yo iba a examinarme de la prueba práctica, el segundo intento. No me preguntéis cuál fue la barbaridad que hice en el primero.

Iba con otras tres alumnas a hacer el examen; una era bastante gorda y no paraba de parlotear sobre lo nerviosa que estaba y sobre las muchas prácticas que había tenido que hacer para sacarse el carnet de conducir. Que se estaba arruinando. Que las tasas eran abusivas. La otra era una chica más silenciosa (a poco) uno o dos años mayor que yo. No tenía nada de especial y aunque lo hubiera tenido no me enteré o no me acuerdo. A quién le importa. Por el pañuelo de la cabeza, el color bronceado de la piel y el acento, la tercera era una mujer musulmana. Al principio daba verdadera pena verla conducir, al final fue como ver en ella encarnada la igualdad que habían reclamado las feministas dos o tres décadas atrás, cuando dijeron que una mujer era perfectamente capaz de conducir tan bien como un hombre o mejor. Echo de menos un movimiento que nos proteja a nosotros de ellas, que bien falta nos haría.

Antes del examen paramos en un bar a tomar algo que nos ayudara a calmar los nervios o a mejorar nuestra concentración. Me vi tentado a pedir una caña, pero no habría sido lo más indicado para la situación. Tomé un refresco con cafeína para no dormirme. Eran las 8 de la mañana.

El caso es que la primera fue la chica joven y yo me tuve que bajar del coche en la acera junto a un polideportivo, a esperar mi turno, para que el venerable examinador pudiera ocupar un asiento trasero y mirar con rostro ceñudo la posición de nuestras manos sudorosas en el volante, la posición de nuestros ojos sudorosos en el retrovisor, etc. La chica sin nada de especial y yo sentíamos la presión de todo el dinero que habían invertido nuestros padres.  En el caso de la mujer gorda y la chica musulmana era la presión del dinero que habían invertido ellas mismas.

La crisis se ha cebado con la clase media. Todas las tasas se están disparando.  La universidad es un lujo aquí como en Portugal y nada parece indicar que las cosas vayan a ir a mejor. Estamos en el año 2012.

Allí esperando solo, junto al polideportivo vacio, no podía dejar de imaginarme lo maravilloso que sería ver caer fuego del cielo o ver como cae la puta bomba atómica o lo que fuera. Aunque nuestra especie lleva milenios buscando la salvación mirando al cielo yo todavía sigo siendo lo bastante estúpido como para pensar que algo caído de allí arriba va a venir a salvarme de la prueba de conducción. Es como cuando de niños soñábamos con un resfriado o una gripe para no tener que hacer el examen que apenas habíamos tenido tiempo (o voluntad) para estudiar.

Tengo 18 años y unas ganas terribles de seguir teniéndolos mucho más tiempo. Soy el niño culpable de no saber matemáticas que no quiere que vuelva a salir el sol para no tener que enfrentarse a la prueba final del curso. Pero entonces las bombillas y los radiadores no me iban a servir de nada.

Entonces llegó la hora y el coche aparcó a unos pocos metros de donde estoy pensando todas estas majaderías. El examinador me sentencia a conducir durante varios minutos bajo su mirada atenta, bajo la mirada atenta de un tipo que se dedica a juzgar quién es un peligro público al volante y quién no. Quién puede ser por imprudencia un asesino en potencia y quién no.

-Lucas, no te pongas nervioso, ¿vale? Recuerda lo que hemos practicado.

-Sí sí vale ok.

 Mi instructora era Elena, una mujer de 30 años que está casada con su segundo marido y tiene un hijo pequeño de 6 años llamado Joel. El chaval anoche se cayó durmiendo de la cama y se partió la crisma con la mesilla de noche. Le tuvieron que dar puntos de sutura en urgencias. Eso es lo que puedes acabar sabiendo sobre una desconocida después de pasar horas y horas de prácticas de conducción con ella. Después no la volverás a ver. Era siempre agradable, menos cuando me despistaba y me saltaba un Stop. Le perdonaba los gritos porque estaba buena.

Todo empezó bien al principio, pero en algún momento me equivoqué de dirección y aquello que tenía que haber sido una carretera transitada hacia León era un camino embarrado con un límite de velocidad de 30 km/h.

Encima se puso a llover. “Joder, ya la he cagado” Mi instructora intuía, pensaba lo mismo que yo. Al menos había eliminado la posibilidad de equivocarme en una rotonda.

Después de un par de minutos que se me hicieron interminables, llegamos a una explanada de tierra con cuatro o cinco camiones aparcados. El examinador dijo “da la vuelta” y a mí no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer que derrapar en el barro y meter la rueda delantera derecha en el charco más profundo con el que me podía haber encontrado ¡PUM!

No sé que tuvieron que hacer para sacar al coche del bache. La gorda no quería mirarme. La musulmana no quería mirarme. La otra chica seguía esperándonos en el polideportivo sin nada para protegerse de la lluvia y nosotros teníamos suerte de que el examinador hubiera traído un paraguas. Al parecer Dios había escuchado mis plegarias a medias y había decidido mandarnos el puto diluvio universal para que no tuviera que soportar esta situación por mucho tiempo. Le habría dicho al tipo del arca que no, que me gusta el agua, que no, que estoy bien aquí, con los peces. Me marché en cuanto pude de aquel infierno, fui  andando todo el trayecto hasta casa para tranquilizarme y a medio camino dejó de llover.

La  tercera vez lo hice perfecto.

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