Medianoche en Lacort

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Arzuaga, conversaciones en francés sobre Baudrillard, tangos de Alfredo de Angelis, Wishkey de más de 20 años, recuerdos de nuestros viajes por Europa, fotos de Ouka Leele, moda ecléctica y cigarrillos condimentados. De este estilo –o con ligeras variaciones según las preferencias y la complejidad de nuestros invitados-, eran las fiestas que solíamos organizar en José María Lacort. En torno a piezas de Wes Montgomery, – Full House era nuestra morada- o del Wynton Kelly Quartet, fichas donde podíamos contemplar dibujos de Goya u obras de Andrés Serrano, y tan siquiera con alguna excusa que celebrar, amontonábamos nuestras amplias almohadas rellenas de trigo de sarraceno, blancas, rojas y beige, frente al toca-discos o la pequeña biblioteca de Denissette. Allí jugábamos con los intelectuales que habían aceptado nuestra generosidad. En aquella época todos los lecteurs y recientes docs nos reuníamos en pequeños apartamentos del Centro y eso estaba bien, o al menos, no nos obligaba a pulular cuando la noche nos dejaba huérfanos de los antros más post. Pues uno de aquellos apartamentos, alejados del Near River y no tan apartados del Delicacy Challenge, era el nuestro.

Con una fachada de ladrillo rojo anaranjado estilo antiquité industriel, ventanas marrones con persianas gâté, se encajaba el que habíamos hecho centro de nuestras neuralgias, suspendido sobre el malogrado Café Lisboa. Según testimonios de la farandole que había trasnochado la ciudad antes que nosotros, hubo un tiempo en que este Café organizaba conciertos en un ambiente más punk que poético. Ahora nosotros, premeditadamente, habíamos renovado el legado de aquellos viejos con el sobrenombre de la generación Bristly Loop. A los que nos reuníamos sobre el Café Lisboa nos empujaba un espíritu europeísta que pasaba de moda la Preocupación Nacional, y para muchos de nosotros, hijos mantenidos de la marea escéptica del bienestar, quedaba en despreocupado suspense la participación activa en política. Quizá había sido por eso que sobre nuestra alfombra peluda azerbaiyana, suvenir de Bakú, se hubiesen recostado las ideas más extravagantes y contradictorias que por aquel momento quemaban los barrios. Podría decirse que todo lo que nos sucedió en aquellos pocos meses tuvo como escenario dicha alfombra, y aún hoy, aun en paradero desconocido, sigue recordándonos nuestras assises en Lacort cuando reímos en la galería de Bajada de la Libertad 25.

Una de aquellas noches fue cuando conocimos por primera vez a Mme. Zybora. Elegante señorona, no paraba de hablar de sí misma, de su Marsella “où-je-suis-née”, y de sus postmods,  aunque evocadora y apreciativa cuando supimos que estaba interesada en apadrinar nuestro estilo Bristly. Algunos la acompañaron desde el portal del edificio, adornado con un chirriante conjunto de guzmanias, calceolarias y columneas –que resaltaba el hecho de que aquel portal se antojaba un pantano en húmedas tinieblas, así como el gusto de nuestro amigo Cuauhtémoc, mexicano-. Un par de bombillas incandescentes parpadeaban sobre cristaleras repletas de bibelots chinos, y un basset hound blanco con manchas pelirrojas, solía revolotear sus orejas entre los pies de quienes subían por las escaleras –el basset hound debía pertenecer a algún vecino despistado o despreocupado y ya se había adaptado a tal Xochimilco- ¿Por qué nosotras preferimos quedarnos en la habitación nuage rouge, como algunos la llamaban, y no unirnos a la cohorte de snobs, para mí algo artificiosa, de la poetisa pacaína? Había en nuestra pequeña comunidad un elemento que he pasado por alto, y es que el apartamento, aparentemente un loft sistemático y uniforme, se encontraba dividido en dos atmósferas complementarias: podías comprenderlo desde su estancia sur, más cercana a Mantería, como un isolated en el que recomponíamos puzles ambientados en La Vendée, escribíamos o bailábamos una especie de borrèia mal entendida. O desde su estancia norte, como un love donde todos hacíamos el amor recostados en camas turcas twin extra. Ambas estancias estaban separadas únicamente por un telón martelé morado episcopal. Bea y yo pertenecíamos a la estancia norte, y contrariamente a lo que se podía esperar de nosotras, esta ubicación nos permitía algunas madrugadas deslizarnos por los maltrechos canalones del Café Lisboa y escaparnos de extranjis a la Luna, donde solían esperarnos unas cuantas butch con las que nos íbamos a un apartamento en el Distrito 5. La razón por la que no bajamos a buscar a la Dona Xaroposa, era que aquella noche las butch se habían colado en nuestra habitación, y allí, ¡la noche de la presentación de Mme. Zybora!, acariciábamos nuestros clítoris húmedos con un Blush Ur3 y Perry Ellis impregnando las sábanas, quelle hardiesse ! Claro que nosotras lo sabíamos, y lo convertimos en una excusa para pasar desapercibidas mientras en el isolated bebían coquetier y gunpowder plot, y discutían sobre la presencia de nuestra trayectoria circular en los ambientes Generation de la ciudad.

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