De las caídas

IRENE DEWITT

la foto

Nos hacíamos llamar la raza dominante, y sin embargo, no hacía falta ser un lumbreras para darse cuenta de que nos habíamos extraviado. Decidimos caer más de la cuenta, y ahora, un remolino de tempestades anunciadas dominaba nuestras noches oníricas en el laberinto del fauno. Éramos los reyes del mambo, hasta que un cortocircuito alumbró de golpe y portazo nuestra sesera llena de serrín, dándonos en los hocicos con un buen cazo de agua caliente. Nos quitamos la ropa sin despropósitos aparentes y apariencias desordenadas en un cajón de tareas pendientes, pensando que quizás eso sería suficiente; volveríamos a los desiertos extintos, inspirados por el movimiento musical de los años perdidos, a los planes perfectos de las noches en que nos creamos dentro de un par de baúles viejos. Pero no resultó convincente y, tratando de evitar un último golpe, nos rompimos las intenciones desde un ángulo transversal.

El dilema moral vino después, por cosernos la luna en mitad de un sueño ausente, y así el problema nos condujo hacia una depresión de ética inconsciente, en un vagar acelerado por las brumas en enero. Nos sulfuramos los recuerdos hasta sudar un gradiente en blanco y negro, y todo para no acordarnos ni de la mitad, bailarnos a lo sumo un vals, y acabar como dos borrachos tirados en seis esquinas diferentes. Encontramos la solución entre las rendijas de un lirismo decadente, donde una X vencida, con el orgullo de una loca homicida, siguió nuestro rastro de ahorcado hasta magullarnos los tobillos en un, dos, tres pasos.

Nos pegamos los tendones con unas cuantas cintas, y yo sólo quería apostar por una vez al rojo. Que si uno aprende poco a poco es a base de quemarse las heridas, rozarse hasta el hueso y sangrar diez mil tiritas…o eso es lo que andan susurrando.

A estas alturas del show dinámico, no quisiera anticipar que estamos acabados, con dos chichones en la frente, y más de diez vergüenzas sobre la cara, pero la realidad está tan presente que nos come vivos con tal de demostrar que nos ha ganado un pulso demenciado.

Pero ya nos hemos pasado, y un tuerto nos ha dado el relevo: hay un espejo que nos frunce el ceño…

…cada vez está más claro que, en estas noches sin dueño,

tenemos los días contados.

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