Teorema del gusto

DANIEL RODRÍGUEZ 

No era la primera vez que alguien reclamaba para sí el indudable honor de haber sido el primer ser humano en descubrir y demostrar satisfactoriamente el Teorema del Gusto. Muchos lo intentaron de buena fe y sin embargo sus ciegas tentativas acababan en el mayor de los descréditos. Tanto es así que, en absolutamente todos los casos, un violentísimo aliento preñado de gérmenes metafísicos terminaba con toda posibilidad de poder al fin, degustar excesivamente y sin limitaciones de las criaturas disponibles para nosotros en el vergel vitivinícola del Mundo Extenso.

La razón de este asunto es desconocida por todos los sabios de los Reinos y las Comunas, pero aunque muchos lo consideraban como un mito utópico inalcanzable, el Hombre Nuevo, por fin, halló una respuesta.

Apareció una noche en la Facultad de Ovulación Cognitiva completamente embadurnado de cal y barro. Os narro en las líneas que vienen en qué deplorables circunstancias se ve reflejado a este hombre en el panel informativo de un museo alienígena de variedades terrícolas del siglo que viene:

El Gran Ser estaba tendido en el suelo, envuelto en una bata naranja de boxeador.  Su baba goteaba  sobre una prenda interior descolorida. Emocionado ante al descubrimiento el Gran Ser se alborozaba y se frotaba contra la exquisita tela. En otra sala de la exposición y en otro panel mucho más específico se le observa varios minutos después ingiriendo aquella misma ropa. Desde luego que estas imágenes son recreaciones históricas con un alto margen de probabilidad de error., circunstancia ésta que nos lleva a afirmar tajantemente que la prudencia a la hora de emitir juicios es un Valor fundamental pero de cambio.

¿Cómo es esto posible? ¿Quién es aquel hombre? ¿Por qué le llaman Ser Supremo? ¿Por qué toca un triángulo? ¿Por qué he mencionado un tal triángulo! ¿Cuántos brazos de pulpa de niño venezolano devorará Maduro antes de que conozcamos la solución a estos enigmas?

Aquel hombre no era Salvador Durán ni tampoco vivía en La Habana. ¡A aquel tipo le acababan de cambiar la pregunta de su respuesta! Y muy pocos, él tampoco, han reaccionado.

El Teorema del Gusto, una vez más, se escapaba de entre los dedos como la arena.

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